Disculpen la intensidad

Disculpen la intensidad

Publicado para Los Señoritos

 

Hay personas que se disculpan por hablar demasiado.

Yo me disculpo por sentir demasiado.

Con el tiempo aprendí que hay quienes viven con el volumen de las emociones al mínimo. Todo parece darles igual. No se entusiasman demasiado, no se decepcionan demasiado y rara vez dicen lo que realmente sienten.

Yo nunca he sido así.

Cuando algo me ilusiona, se nota.
Cuando algo me duele, también.

Durante mucho tiempo pensé que eso era un defecto. Escuché frases como:

"No te lo cojas tan a pecho."

"Bájale dos."

"Estás exagerando."

Y poco a poco uno empieza a preguntarse si el problema realmente es uno.

Pero con los años entendí algo.

La intensidad no es el problema.

El problema es entregarla en lugares donde nadie sabe qué hacer con ella.

Porque cuando encuentras personas que sienten igual de profundo, de repente ya no eres "mucho". Simplemente eres tú.

Así que sí...

Disculpen la intensidad.

 

Y quizá un lugar donde las palabras no tuvieran que pedir permiso para existir.

1 comment

Durante mucho tiempo me pregunté si mi intensidad era un defecto. Hoy creo que es una de las características que mejor define quién soy. No sé involucrarme a medias. Cuando un proyecto llega a mi vida, ya sea personal o profesional, siento la necesidad de dar lo mejor de mí. No porque busque reconocimiento o perfección, sino porque creo que todo aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo merece nuestro compromiso.

Con el tiempo entendí que no todas las personas viven sus proyectos con la misma pasión. Mientras algunos cumplen con lo necesario, otros necesitamos crear, investigar, mejorar y encontrar un propósito en cada detalle. Ninguna forma es mejor que la otra; simplemente son maneras diferentes de enfrentar la vida.

Esa intensidad me ha abierto puertas, me ha impulsado a aprender constantemente y me ha permitido alcanzar metas que parecían imposibles. Sin embargo, también me ha enseñado que no puedo esperar que los demás sientan el mismo entusiasmo que yo.
Hoy ya no intento cambiar esa parte de mí. Solo procuro vivirla con equilibrio, cuidando también de mi bienestar. Porque entendí que mi intensidad no es un exceso: es la forma en que expreso mi pasión, mi compromiso y el profundo respeto que siento por todo aquello que decido hacer.

Y si algo he aprendido, es que vivir con pasión nunca debería ser motivo de vergüenza. Al contrario, puede convertirse en la fuerza que nos impulsa a crecer, inspirar y dejar una huella en los demás.

Raquel González

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