Publicado para Los Señoritos
La primera semana todos están ahí.
Llegan los mensajes, las llamadas, los abrazos.
Preguntan cómo estás y te dicen que cuentes con ellos.
Por unos días, parece que el mundo entiende que algo dentro de una persona se rompió.
Después pasa el tiempo.
Se vuelve al trabajo.
A las responsabilidades.
A cumplir con lo que toca.
Y desde afuera, todo parece normal.
Pero el duelo no termina cuando termina el funeral.
Ni cuando uno vuelve a la rutina.
A veces ahí es cuando realmente comienza.
Porque después del ruido llega el silencio.
Hay dolores que nadie ve.
Nadie sabe cuántas veces una persona llora cuando está sola. Nadie ve los recuerdos que aparecen sin avisar. Ni esos momentos en que hay que detenerse un segundo, respirar y continuar como si nada hubiera pasado.
Ver a alguien sonreír no significa que ya sanó.
Verlo trabajar no significa que dejó de doler.
Verlo salir no significa que olvidó.
A veces simplemente aprendió a funcionar con una ausencia que todavía pesa.
El duelo también cambia la manera de ver la vida.
Hay cosas que dejan de importar.
Otras empiezan a importar más.
Se buscan nuevos espacios, nuevas formas de respirar, nuevas razones para salir de la casa o simplemente momentos en los que la mente pueda descansar.
Y desde afuera eso puede parecer fácil.
Pero nadie sabe cuánto costó llegar hasta ahí.
Por eso hay que tener cuidado con pensar que conocemos la historia completa de alguien solo porque lo vemos continuar.
Muchas personas no están “bien”.
Solo están haciendo lo mejor que pueden con lo que les tocó cargar.
Porque sobrevivir también puede parecerse mucho a seguir con la vida.
Y quizás la forma más humana de acompañar a alguien en duelo sea recordar que, mucho después de que todos regresen a sus rutinas, esa persona todavía puede estar aprendiendo a vivir con una ausencia que nunca pidió.
0 comments